LA COMUNICACIÓN Y LA MALA PRAXIS

En comunicación no existe el “borrón y cuenta nueva”. Cada mensaje deja huella. Cada silencio también. Y cada error, por más mínimo que parezca, se convierte en un archivo invisible que flota en el éter digital, esperando el momento exacto para volverse en tu contra.

Gastón Barrios

12/9/20252 min leer

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Errores que quedan en el éter… pero pueden destruir tu reputación para siempre

En comunicación no existe el “borrón y cuenta nueva”. Cada mensaje deja huella. Cada silencio también. Y cada error, por más mínimo que parezca, se convierte en un archivo invisible que flota en el éter digital, esperando el momento exacto para volverse en tu contra.

La mala praxis comunicacional no es un accidente: es una negligencia. Es subestimar al receptor, confiarse de más, improvisar cuando habría que pensar, hablar cuando habría que callar. Y en tiempos donde la percepción es un activo tan valioso como el capital financiero, un error mal gestionado puede costar reputaciones, carreras, empresas… y hasta gobiernos.

1. La soberbia del mensaje improvisado

El primer pecado del comunicador amateur es creer que “total, nadie lo va a notar”. Spoiler: lo notan.
Cada palabra cargada de ansiedad, cada texto sin revisar, cada posteo que “parece gracioso”… queda registrado y amplificado. El mundo no perdona a quien comunica sin pensar.

2. La narrativa incoherente

No hay peor daño reputacional que la falta de coherencia.
Cuando una organización dice A el lunes, B el miércoles y trata de vender C el viernes, los públicos pierden algo fundamental: confianza.

La incoherencia es un ladrón silencioso. No estalla: erosiona. Y lo que erosiona, tarde o temprano, cae.

3. El error técnico convertido en error político

En comunicación, lo técnico nunca es solo técnico. Una mala elección de palabras, un gráfico mal planteado, un dato sin verificar… pueden crear una percepción completamente distinta de la intención original.

Y una percepción dañada es como una mancha de vino tinto en mantel blanco: todos la ven, y nadie se concentra en otra cosa.

4. El ego como enemigo estratégico

Muchos creen que comunicar es “decir lo que pienso”.
Error.
Comunicar es lograr que el otro piense lo que necesito que piense.

Cuando el ego toma el volante, los mensajes pierden foco, se vuelven emocionales, defensivos o –peor– arrogantes.
Nada destruye más rápido una reputación que un vocero que parece hablar solo para escucharse.

5. La subestimación del archivo

El archivo es eterno y no olvida.
Un tuit de 2014, una frase desafortunada en una entrevista secundaria, un mail filtrado… la mala praxis vive ahí, latente.
La reputación ya no se gestiona solo hacia adelante: también hacia atrás.

Quien no entiende esto, comunica como si viviera en 1997 y no en un ecosistema donde todo se registra, se indexa y se replica en segundos.

6. La ausencia de protocolo en crisis

La mala praxis no solo está en el error inicial, sino en cómo se responde a él.
La no-respuesta, la respuesta improvisada, la respuesta irónica, la respuesta agresiva…
Todo eso alimenta el incendio.

Un mal protocolo de crisis convierte un tropiezo en una caída libre.

La mala praxis comunicacional no es solo un catálogo de errores: es un síntoma de una industria que evita la autocrítica por miedo a perder prestigio.
Pero la ironía —casi poética— es que ese silencio también destruye reputación.

En tiempos donde:

  • todo queda registrado,

  • todo se viraliza,

  • todo puede volverse prueba en tu contra,

el único camino profesional es hablar claro, asumir responsabilidades y elevar el estándar del oficio.

Porque la verdad es simple:

si no hablamos de mala praxis, seguiremos repitiéndola.
Y lo que se repite, tarde o temprano, se paga.

La comunicación siempre fue un arte.
Hoy también es una ingeniería.
Y si no se ejerce con rigor, puede convertirse en una máquina de destrucción reputacional.